lunes, 29 de julio de 2013

BELLEZA

La naturaleza nos da un sinnúmero de muestras de lo que puede ser una Belleza efímera. A menudo nos sentimos seducidos por la exuberancia de una rosa,  su color intenso y exquisito aroma; siendo tanto nuestra atracción por ella que si la ocasión lo permite decidimos tomarnos unos minutos para contemplarle y disfrutar de su fragancia. Sin embargo más allá de este hecho,  vemos como después de un cierto período de tiempo su belleza comienza a declinar, su aroma comienza a escasear, hasta finalmente marchitarse perdiendo su color  para finamente palidecer y perecer. Este hecho forma parte de la naturaleza, y muy a menudo damos testimonio de ello con nuestros propios ojos.

Lo mismo vemos que ocurre en el reino animal. Podemos dar testimonio de la belleza de cualquier animal, por ejemplo un ave silvestre de nuestro agrado, en sus magnéticos colores y su singular gorgojeo. Sin embargo después de haber cumplido su ciclo de vida, de un momento a otro, de manera inesperada vemos que la vida le es arrebatada dejando rastro alguno de aquella belleza y melodía con la que nuestra vista y oídos estaban acostumbrados a su deleite, invadiéndonos el pesar, la tristeza y la nostalgia.

Sin embargo hay otro tipo de belleza, que muy a menudo pasamos por alto, el cual trasciende el plano físico, libre de la muerte y extinción, el cual jamás palidece, nos referimos pues  al plano espiritual, en consonancia a nuestra verdadera naturaleza o esencia divina, quienes somos realmente.

Este plano de belleza a diferencia del efímero es eterna en principio y fin. Es decir está más allá de nuestra inmediata comprensión puesto que pertenece a los Reinos del Espíritu.

Un ejemplo de ella en este mundo es el amor genuino en sus diversas expresiones, por ejemplo el amor que sentimos por un ser querido o el amor por nuestro Creador. Este tipo de amor jamás palidece o perece, pues este perdurará eternamente en nuestro espíritu. Es una belleza a la cual no le sigue la muerte.

La vida del hombre no se limita a este plano físico, ella continua en los infinitos mundos que trascienden este limitado orbe, en una espiral infinita hacia el encuentro con nuestro Creador. La belleza que pertenece a ese mundo al que pertenece nuestra naturaleza espiritual, verdadera esencia, es la que formará parte de nuestro continuo vivir en un plano libre de tiempo y espacio por toda una eternidad.

Quizás una manera de comprenderle es comparar una semilla que no ha sido plantada con otra que así lo ha sido ofreciendo sus exquisitos frutos en su plena madurez. La semilla sería como algo muerto en cierto sentido, sin vida si la comparásemos con el árbol el cual en cierto modo es una semilla que fue plantada para dejar de ser lo que fue dando vida a una nueva creación, una nueva forma de vida jamás percibida por otras semillas, a excepción del sabio jardinero.

La semilla podria asemejarse a la vida del hombre en este plano fisico, pero una vez que logra trascender  su naturaleza animal viviendo la vida del espíritu  se convertirá progresivamente en un arbol que se va desarrollando hasta tener raices profundas y frondosas ramas cargadas con exquisitos frutos. Por tanto es menester que el hombre en este plano fisico tal cual como la semilla sea sembrada en el jardín del espíritu, y así  desarrolle todas sus potencialidades divinas inherentes en el mayor grado de perfección posible y asi finalmente pueda avistar los destellos de una belleza sempiterna aun cuando forma parte de este mundo.

Reflexionando:

* En última instancia: Mis esfuerzos están dirigidos a una belleza efímera o eterna?
* Percibo la diferencia inconmensurable entre una belleza efímera y una eterna?
* Que acciones realizo para desarollar mi esencia espiritual en consonancia a una belleza eterna que le ha sido predestinada? Que me impide hacerlo?




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