sábado, 6 de julio de 2013

AMOR

El amor puede definirse como una fuerza de atracción. En la naturaleza vemos por ejemplo la fuerza de gravedad que proviene del centro de la tierra misma, nuestro planeta. Es tan intenso su amor por todo lo que posa sobre ella que la mantiene firmemente sujeta sobre sí misma. Gracias a este amor incondicional es que hay vida y nosotros podemos habitar dentro de ella, siendo esto imposible en otros planetas donde no hay este amor del cuerpo celeste por todo aquello que posa sobre el. Otro interesante ejemplo es la fuerza del magnetismo, aunque invisible al igual que la fuerza de gravedad atrae cualquier objeto metálico a sí mismo, fiel a su naturaleza inherente, por la cual fue creado.

Siguiendo esta misma analogía el corazón humano es como un imán que necesariamente necesita adherirse a algo. Ahora bien, “ese algo” puede ser el mundo espiritual si recibe dicha guia e iluminación, de lo contrario se aferrará al mundo de la materia, lo fenomenal o transitorio, desviando el propósito sublime de aquel ser en que habita.

En resumen podemos comparar el corazón del hombre con un imán que por la fuerza de atracción (amor) puede adherirse al mundo de la materia o bien al mundo del espíritu, la elección finalmente es nuestra.

Reflexionando:

* ¿El objeto de mi amor es congruente con el propósito por el cual fui creado?
* ¿Qué sucede con mi progreso espiritual cuando el objeto de mi amor es el mundo de lo fenomenal?
* ¿Logro la trascendencia del espíritu cuando mi corazón está manchado de apegos? ¿Por qué?
* ¿Cómo puedo bruñir el espejo de mi corazón de las cosas mundanas?





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